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Travesía Cho Oyu

EL DÍA DE LA CUMBRE

Hoy es el día en que empiezo el verdadero ascenso. ¿Será que es el último? ¿será que el clima se quedará estable? ¿que tendré las fuerzas para subir?

Dos días de descanso no parecen suficientes antes de volver por tercera vez a la montaña. Los planes cambiaron porque se dice que el 25 de septiembre empezará una tormenta que durará 10 dias. Para poder evitarla, saltamos nuestro último ciclo de aclimatación y apresuramos nuestro programa. Ya no hay oportunidad para mí de intentar la cumbre sin oxígeno.

Abro los ojos, respiro profundo y siento como que la sangre corre lentamente por mis venas. Mi corazón late siempre acelerado y mi respiración también.

La sangre necesita compensar la falta de oxígeno con la creación de más globulos rojos y esto, dicen, que deja la sangre más espesa. Sangre más espesa con respiración y corazón más acelerado es una peligrosa combinación. Es por eso que todas las personas que viven por muchos días en altitud, tienen algun riesgo de infarto o derrame. Espero y quiero pensar que mi corazón es muy fuerte para resistir este riesgo.

La mañana esta fría y serena. Ya tengo la mochila lista con la bandera de Guatemala adentro. ¿Será que podré extenderla a los aires puros de los Himalayas a 8,201 metros de altura? Últimamente estoy más callada y un poco irritable. Debo estar nerviosa. No puedo controlar el destino, el clima, ni asegurar el éxito de mi amibiciosa empresa.

Camino por sexta vez al Campo 1. Al llegar, el suelo abajo de la carpa está irregular, con hoyos en la nieve e inclinado hacia la derecha. Con un suspiro, porque siento que cualquier esfuerzo me quita energías irrecuperables en altitud, me dispongo a quitar la carpa, poner nieve fresca y emparejar el terreno. Al tener un lugar decente para pasar una noche, voy a buscar nieve y empiezo a derretirla para beber.

Esta noche no logro dormir bien, no obstante sea la tercera vez que duermo aquí. El pensamiento de que mañana estaremos saliendo a medianoche para la cumbre me inquieta.

24-09-09

Campo Base

Antes de que el sol entibie la carpa, salimos todos hacia el Campo 2. Me gustaría sentir más energías, más apetito para comer, pero no lo hay. Me resigno a vivir con las eventuales reservas que tengo. Ahora nada es recuperable. Es como que estuviera viviendo con mi cuenta monetaria en rojo.

Soy la primera en llegar al Campo 2. Como etiqueta de grupo, quien llega primero, derrite nieve para los que llegarán después. Mientras busco algo que parezca nieve limpia con mi bolsa y pala en mano, pienso que esta noche estaremos saliendo para la cumbre. Tengo emociones encontradas. Siento positivismo, miedo, alegría, cansancio. Cuando llega Lucas, el segundo del grupo, ya tengo un litro listo y a los pocos minutos, van llegando todos. Trato de comer bastante, pero cosas fácilmente digeribles, como galletas dulces, saladas, sopas, cereal y una barra super energética. Preparo mi mochila para la cumbre. No puedo olvidar de salir con baterías nuevas en la linterna y llevar una extra. Tengo la cámara y la filmadora, tres gels y una barra energética, calentadores de manos y de pies, un litro de agua, un funil (un artefacto para mujeres para poder hacer pipí parada sin tener que quitarme la ropa y congelarme). Eso es todo, llevo lo mínino indispensable. Además de eso, llevaré un tanque de oxígeno que pesa unas 7 libras y mi máscara y regulador para usarla.

A las cuartro de la tarde, cuando me dispongo a intentar domir un poco, Victor nos dice que quiere que salgamos a las 10:30 pm y no a media noche como había planeado. El nuevo inconveniente horario me deja un tanto malhumorada. ¿Para qué salir tan temprano? Pasaré tantas horas el el frío y la oscuridad y llegaremos a la cumbre con frío en el comienzo del amanecer. Decido no querer controlar el programa. Al fin y al cabo vine con un guía porque no tengo experiencia en montanas de ochomil y decido confiar.

A las 8:30 pm suena el despertador que no me despierta porque no logro pegar un ojo durante toda la tarde. Lo único que logro hacer durante las horas de espera es escuchar música adentro de mi caliente saco de dormir e intentar pensar en cosas bonitas. Pienso en mi familia y me imagino que están todos bien y felices. Me imagino en alguna playa asiática, como las de Tailandia, comiendo Pad Thai, mi plato preferido del lugar, recostada en la arena. Pienso cuando vivía en Italia y compartía con mis amigos y seres queridos. Vuelvo a China a 7,150 metros de altura. Veo que alrededor de mí, hay como escarcha de hielera vieja por mi respiración condensada en la carpa y cae como polvo en mi rostro. No me siento desdichada de estar aquí. Al contrario, veo mi trayectoria de vida y me parece increíble que pueda estar en éste lugar. Me veo comenzando a soñar con estas monatañas hace tres años y veo mi entrenamiento, que comenzó hace dos. Veo mi sueño concretizándose. Independientemente de llegar a la cumbre o no, estoy aquí, lista para enfrentarla, después de tanto trabajo, sacrificios económicos, de tiempo y dedicación. Me imaginé aquí y aquí estoy. ¿Qué tan lejos puede llegar la voluntad del ser humano cuando se lucha por lo que se quiere?

Ya estoy hace media hora acostada desde que sonó el despertador. Entiendo que es tiempo de levantarse y correr el kilometro 42 de mi Maratón, el final, el más sufrido, el interminable, el inevitable, el que requiere de toda las fuerzas espirituales y mentales para poder salir victoriosa.

Hay muchísimo frío, me visto pieza por pieza. Ahora ya es automático, sé exactamente el orden de las cosas y cómo debo vestirlas. Lo podría hacer a ojos cerrados. Al salir Dorje, uno de nuestros Sherpas, me ayuda a montar el oxígeno y lo pone en mi mochila. Esa es la única pieza totalmente ajena a mi ser montañista. Me pongo la máscara y empiezo a caminar en la oscuridad. Sigo la ruta de unas lucecitas en la montaña, parece como las estrellas de la Vía Láctea. Después de un minuto caminando me siento sofocada. Me quito la máscara y siento paranoia. Odio la máscara, siento que el aire no me llega. Cuando Dorje ve que estoy en dificultades, llega a mí y me tranquiliza, me dice que tengo que respirar profundo y despacio. Por un momento pienso que mi escalada está concluida. Oxígeno es lo único que no conozco y me esta dando problemas. Tengo dos opciones, o logro subir con oxígeno o me rindo y me quedo en la carpa esperando por los demas cuando regresen de la cumbre. Ese momento me recuerda otras primeras veces de miedo que he tenido que superar como, la primera vez que hice buceo, la primera vez que nadé en medio del mar profundo, la primera vez que escalé una montaña sola. Veo las lucecitas alejarse, intento pensar que esos tubos, cables y máscara son parte de mí y empiezo a caminar rápido para alcarzar a todos. Llego a la fila sudando y le pido a Dorge que me ayude a abrir los zípperes de ese traje rojo enorme de plumas que me hace ver como Santa Claus. Con oxígeno me siento como una enferma en cama que no logra ser independiente, que no logra hacer sola algo tan básico como pipí. El cilindro de oxígeno está en la mochila conectado por un tubo y un cable a mi máscara. No puedo quitarme la mochila porque me quitaria la mascara, no puedo sacar las cosas que necesito de dentro de mi mochila. Para cada cosa, le debo pedir a Dorje que me ayude y eso me incomoda. Con ese oxígeno, me siento como un extraña entrando en un lugar prohibido y desconocido. Un lugar donde no pertenezco, donde no soy bienvenida, donde no debería estar. No me siento en armonía y en comunión con mi montaña, somos dos seres separados, opuestos y lejanos. Esa sensación, no es como la que me gusta sentir en las montañas. Es un nuevo sentir.

Hay varios grupos que se anticiparon a la tormenta. Los pasos son lentos y pienso que estaré siete horas en plena oscuridad. No puedo decir que estoy disfrutando cada momento. Pienso que en la hora que amanecerá estaré cerca de la cumbre y estoy ansiando que esa hora llegue. Al empezar a amanecer, estoy segura que estoy mas arriba de 8,000 metros. Que alegría, que emoción pero en esos momentos los pies se empiezan a congelar. Los muevo contínuamente y me aseguro que tengan sensibilidad. En la última parte, no aguanto más el frío y empiezo a pasar a todos y llego finalmente a la cumbre. En mi desesperación por no dejar mis pies congelarse logro llegar... ¿a donde? ¿a la cumbre? Dios mío, ¡¡¡estoy en LA CUMBRE!!!, estoy sola en una platea, espectadora del Everest, Nupse, Lhotse, de toda la Cordillera de los Himalayas, muy arriba de las nubes. Estoy parada en el sexto punto más alto de la Tierra. Hace mucho viento y muchísimo frío pero me olvido de mis pies. Ya no me importa mucho si se congelan o no. El espectáculo es tan bello y a la vez tan sufrido. Me quito esa máscara, quiero sentir el olor del aire puro, quiero sentir la realidad de donde estoy, quiero sentirme parte de ese lugar y de ese momento. Siento el ardor del viento congelado en mi rostro. Me duele la cara pero acepto esa condición. Esa es la realidad de ese exacto punto en donde decidí y luché por estar.

Veo llegar a Manoel y atrás de él una fila de gente llegando hacia su objetivo. Cada uno con una historia diferente. Cada corazón con un sentimiento, cada humano que compone el universo en este momento. Si cada humano se uniera en las buenas causas con el mismo esfuerzo con el que conquistan un sueño como éste, seríamos invencibles. Seríamos todo un ejército del bien. Pienso que somos seres potencialmente inderrocables, cuando veo ese sacrificio y esa voluntad que trae las personas hasta acá.

Saco la bandera de mi Guatemala y la extiendo a los vientos de estas latitudes. Sus colores combinan con el cielo azul y la nieve inmaculada de este lugar.

Celebro la vida, que vale la pena ser vivida, que vale la pena ser aprovechada y honrarla día a día. Es un regalo maravilloso que llegará a su fin. Mientras haya vida, hay tiempo para amar, para conquistar, para superarse, para compartir, para ayudar a los demás, para ser felíz y no hay tiempo que perder.

Gracias Dios por darme esa oportunidad de vivir en este maravilloso planeta Tierra.

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